La Foule

La cantina estaba más llena que de costumbre, quizá porque era veinticuatro de diciembre y había barra libre hasta la media noche.

Miguel entró como cada miércoles, pero esta vez su asiento estaba ocupado por una mujer gorda de labios extremadamente rojos, por lo que se sentó en el único lugar libre en la barra y saludó al cantinero. En el asiento a la izquierda estaba una mujer bajita y delgada que se reía como gallina, la acompañaba un hombre callado de quizá setenta años. La risa de la mujer era tan estridente que Miguel se giró hacia el otro lado para evitar el ruido. A su derecha un hombre bien vestido observaba su reloj y miraba hacia la puerta de la entrada como si esperara a alguien. Cuando regresaba la vista, veía al cantinero y éste le sonreía como diciéndole que tuviera paciencia.

- Lo de siempre, por favor –dijo Miguel.

- ¡Sale una cerveza! –gritó el cantinero.

- Una más para mí. Yo invito –dijo el hombre de la derecha.

- ¡Sale otra cerveza! –volvió a gritar el cantinero.

- Gracias –dijo Miguel.

- ¡Salud!

Bebieron un par de sorbos y bajaron las botellas, en el sonido ambiental comenzó a sonar una canción que el hombre de al lado reconoció enseguida.

- Esa la cantaba mi abuela, fue famosa. Ella era francesa, se llamaba Edith Piaf. Fue famosa –repitió.

- No la conozco –dijo Miguel.

- ¿No conoces la canción o a mi abuela?

- A las dos, no conozco la canción ni a su abuela.

- Escucha: Amor de mis amores, si dejaste de quererme, no hay cuidado que la gente de eso no se enterará… -cantó el hombre.

- Nunca la había escuchado –aseguró Miguel.

- No te creo. Esa canción es muy famosa.

- De verdad, es la primera vez que la escucho.

- Bueno.

Brindaron y bebieron, el hombre cerró los ojos y acarició el cuello de la botella. Miguel lo veía con atención hasta que la gallina de la izquierda comenzó a reír. Volteó a ver si su lugar ya se había desocupado para poder irse de la barra, pero la gorda de labios rojos parecía tan feliz que quizá no se iría en toda la noche.

- Escucha otra vez –dijo el hombre-: ¿Qué gano con decir que una mujer cambió mi suerte? Se burlarán de mí. Que nadie sepa mi sufrir.

- Ya, no me gusta –dijo Miguel.

- Pero es buena –dijo el hombre y volteó hacia la entrada del bar.

- ¿Espera a alguien? –preguntó Miguel.

-¿Quién? ¿Yo? No, para nada. Ojalá –contestó triste.

- A mí me esperan en casa -dijo Miguel-, pero iré más tarde, no quiero ver a nadie de la familia.

La gorda de labios rojos dejó escapar una carcajada del tamaño del mundo, Miguel volteó a verla con un poco de odio. Se dio cuenta de que la mujer ya no tenía labial rojo, lo había dejado en los labios de sus tres acompañantes que parecían un trío de payasos en decadencia. Enseguida la gallina cacareó también, hablaba hacia el banco vacío a su izquierda, el viejo de setenta años ya no estaba.

- ¿Sabes dónde está el sanitario? –preguntó el hombre de la derecha.

- Sí. Tiene que subir la escalera del fondo, está arriba –dijo Miguel.

- Gracias. Ya vuelvo.

Miguel pidió otra cerveza, bebió el primer sorbo y mientras lo hacía volteó a ver a la gorda, pero sólo pudo ver a dos de los payasos. Se alegró un poco de no verla, aunque los payasos le causaran la misma repulsión. La gallina comenzó una risa mezclada con llanto. Luego de unos segundos de lágrimas se bajó del banco y comenzó a caminar hacia la salida. Miguel la siguió con la vista y veía como sus piernas flacas luchaban por no romperse, pero en el fondo deseaba verla caer y romperse un brazo. La gallina llegó sana y salva a la salida. Miguel brindó por ello, se terminó la cerveza y pidió una más.

Mientras bebía, se dio cuenta que sólo quedaba un payaso: el calvo. Parecía que buscaba dinero en su cartera y se encogía de hombros cada que la mesera le pedía el pago, pero no tenía dinero. La mesera hizo señas a los guardias de la puerta para que no dejaran salir al payaso calvo, cuando de pronto, el payaso se quitó su enorme zapato, sacó un par de billetes y los arrojó a la cara de la mesera. Luego de la escena, el payaso calvo caminó hacia la salida con su zapato en la mano, con paso lento y desbalanceado, llegó hasta donde los guardias, les enseñó la lengua y se fue.

El cantinero puso una cerveza más frente a Miguel y él la bebió toda de un solo golpe. Volvió a sonar la canción de la abuela del hombre de la derecha y en ese momento se dio cuenta de que todavía no regresaba del sanitario. Otra cerveza, luego otra y otra más. Miguel había bebido ya demasiado esa noche, cuando pidió la cuenta, el cantinero le dijo que no se debía nada, que el hombre de la derecha había pagado todo. Al escuchar aquello pidió una cerveza más, la bebió lentamente pero sin despegarla de sus labios, hasta terminarla. Se acomodó el cuello de la camisa y caminó hacia la salida. Se despidió de todos, hasta de los que no conocía. “Feliz Navidad” gritaba. Los guardias de la puerta lo despidieron con un fuerte abrazo y un par de dulces de menta.

La casa de Miguel estaba a un par de calles, llegó justo a tiempo, la cena de Navidad recién iniciaba, los invitados habían tomado ya sus lugares en la mesa. Martina, su mujer, lo regañó y le dio un pellizco imperceptible para los demás. “Siéntate” le dijo. Miguel se sentó en la cabecera principal. A su izquierda se sentaron la más joven de sus cuñadas “la gallina” y su esposo de setenta años. A la derecha se sentó su suegra “la gorda de labios rojos” y sus tres compadres “los payasos”. Los demás familiares se sentaron en un orden sin importancia, estaban listos para iniciar. Todos reunidos como cada Noche Buena. Sólo faltaba el patriarca de la familia, el padre de Miguel, quien luego de cinco minutos salió del sanitario cantando como cada año la canción que Miguel más odiaba: Amor de mis amores, si dejaste de quererme, no hay cuidado que la gente de eso no se enterará. ¿Qué gano con decir que una mujer cambió mi suerte? Se burlarán de mí. Que nadie sepa mi sufrir.

- ¡Salud! -Gritaron todos, levantando sus copas.

Cada año el mismo ritual: emborracharse en la cantina antes de llegar a la cena, para soportarse, cosa que no podrían hacer si estuvieran sobrios.

Javier Reyes Peña


La maleta

El sufrimiento que por años había soportado llegó a su fin una mañana de Marzo. Lo mató. Fue más fácil de lo que pensaba. Lo difícil era deshacerse del cuerpo. Lo único que se le ocurrió fue destazarlo, echarlo en una maleta y llevarlo lejos, al bosque, por ejemplo.


Tomó las llaves del carro, arrastró la maleta y luego de un par de horas de esfuerzo, por fin logró ponerla en el asiento de atrás. Ya en camino, se detuvo en el semáforo. Un par de hombres con bates de beisbol se acercaron corriendo y le reventaron los vidrios del carro. Les costó trabajo, pero al final se llevaron la maleta. Ella no dijo nada, claro que se llevó un susto enorme, pero sin querer, se deshizo de él, de ese “maldito hombre”, para siempre.


No denunció el hecho, posiblemente sólo un par de personas fueron testigos, pero tampoco hicieron nada. Regresó a casa, con un peso menos, con un dolor menos, con una sonrisa en el rostro.


Un par de días después, veía el noticiero nocturno y vaya sorpresa… Reconoció a uno de los hombres del asalto. Éste fue captado por cámaras de seguridad del Metro, dejando una maleta en las escaleras de una estación. Su maleta.


Cuando la policía la abrió, encontró el cuerpo de una mujer. Oh sorpresa, el cuerpo de una mujer, no el de un hombre.


“¿Y ahora?”, se preguntó. Pero no le importó demasiado. Luego de pensar un poco el asunto, apagó la televisión, se levantó, fue al baño, acarició a su gato y se fue a dormir.



Javier Reyes Peña


El Rotulista

Me encanta salir con Nidia, sobre todo cuando en la calle vemos caer a la gente que camina con las manos en las bolsas. Estar con ella me hace sentir afortunado en muchos sentidos, porque siempre que estamos juntos pasan cosas increíbles. Como la noche que me dijo que tenía frío y quería un café caliente.

Llegamos a la cafetería enfrente del callejón donde está el zapatero, por la pollería, a un costado de la tienda de Rocío, mi exnovia del jardín de niños. Nos atendió Dalia, como siempre. Nidia tomó un chocolate en lugar de café y yo una de esas cervezas artesanales que saben feo al principio pero que embriagan pronto.

Había muy poca gente en la calle. Pasaron por la banqueta un par de personas antes de que viéramos a un hombre mayor, como de ochenta años o noventa, ya viejo, un poco encorvado, de cabello gris, con un sombrero roto y un traje verde muy desgastado.

Se detuvo en la banqueta de enfrente, puso su maleta en el piso y comenzó a sacar tubos del largo de su antebrazo, los ensambló y armó una escalera, luego otra y otra y otra; las unió en dos pares y sobre ellas puestas como andamios, colocó una tabla y luego se subió con todo y maleta.

Una vez arriba, sacó una botella con un líquido transparente, por un momento pensé que era agua para beber, pero enseguida la escupió hacia la calle pulverizándola con la boca, como formando una cortina de niebla que tardó algunos segundos en caer. Cuando el agua llegó al piso, la calle estaba más oscura y él hombre ahora se veía vestido de un brillante traje de lentejuelas rojas y con un sombrero negro igual de brillante. Todo él estaba iluminado por una luz proveniente de algún lugar ajeno a las farolas. Y de fondo musical una banda de rock tocando a lo lejos, pero lo suficientemente fuerte para escucharla.

De la maleta sacó diez botes de pintura de muchos colores, un par de brochas gordas y unos cinco pinceles con diferentes tipos de cerdas. Comenzó a pintar sobre la pared, los trazos formaron un paisaje con magueyes, árboles y un río casi seco. En primer plano se veían un par de vacas: una negra con manchas blancas y una blanca con manchas negras, que miraban el escaso pasto con esperanza de que creciera pronto. Del otro lado un luchador de máscara plateada levantaba por todo lo alto a un hombrecillo chaparro y flaco de ropa roída y con un sombrero que parecía un barquito de papel. El hombrecillo parecía gritar tan fuerte que sus casi nulos bigotes desaparecían en la expresión de horror. En el árbol del centro, una mujer se columpiaba luciendo unas piernas espectaculares. Y más allá, en el fondo de todo, una iglesia adornada con motivo de fiesta, con luces de colores y juegos mecánicos.

Era un espectáculo ver al hombre pintar como si fuera un muchacho de veinte años, con trazos libres y decididos. Lo hacía tan rápido que parecía que con un par de pinceladas pintaba al instante lo que cualquier otro haría en varias horas de trabajo. Iba y venía de un lado a otro, dando vida, pero vida de verdad, a cada uno de los personajes de aquella escena hermosa, pero sin sentido.

Llegaron las últimas pinceladas: los zapatos rojos de la mujer del columpio. La firma en color negro y listo. El hombre se echó un poco para atrás, vio su obra, caminó hasta el otro extremo del andamio y aprobó con la cabeza y una sonrisa de satisfacción.

Tomó la botella y nuevamente pulverizó el líquido sobre la calle. La cortina de niebla se adueñó del ambiente por un poco más de tiempo que la primera vez, pero por muy poco. Lo suficiente para que en cuanto se esfumara, Nidia y yo nos diéramos cuenta que el hombre había desaparecido, lo mismo que su andamio y su hermosa pintura, quedando en su lugar un anuncio de cerveza en la nueva tiendita del barrio.

Javier Reyes Peña


La mirada

El mago ofrece las cartas a un niño pequeño y éste toma una… La mira y cierra fuertemente los ojos para aprisionar la imagen; luego devuelve la carta al mazo… El mago da unos pases mágicos y encuentra la carta del niño, pero sin la imagen… No entiende nada… El niño ríe a carcajadas… Le pide al mago que se acerque y mire dentro de sus ojos mientras él los abre tanto como puede… El mago se acerca y encuentra dentro del par de ojos verdes un As de Trébol… El niño ríe más fuerte y da una palmada de consuelo al mago que mira incrédulo la carta vacía…


Javier Reyes Peña


Peor es nada

Entró a la agencia. Estaba nerviosa, deseaba con todas sus fuerzas que allí la ayudaran a encontrar a quien tantos años había esperado en vano.

–Bienvenida –dijo la recepcionista.

–Gracias. Vengo para ver si pueden ayudarme a…

–A encontrar una “persona especial”. ¿Cierto? –Interrumpió.

–Cierto –contestó un poco avergonzada.

–Ha llegado al lugar indicado. Tome asiento. Por favor, llene este formulario. En un momento uno de nuestros especialistas estará con usted y le ayudará a encontrar a esa “persona especial”.

A los pocos minutos apareció en la sala un hombre de traje gris, el doctor Guzmán. Cruzó unas palabras con la recepcionista y regresó por el pasillo por el que había llegado.

–Señorita, por favor, pase al consultorio dos. La atenderá el doctor Guzmán –dijo la recepcionista.

–Gracias.

Caminó por un largo y estrecho pasillo hasta el fondo y tocó la puerta del consultorio.

–Adelante, por favor –se escuchó una voz desde dentro.

Giró la perilla, empujó la puerta y entró. Allí estaba el doctor Guzmán. Sentado detrás del escritorio, ahora con una bata blanca.

–Por favor, tome asiento –dijo él.

–Gracias, doctor –dijo ella y le entregó el formulario.

El doctor Guzmán comenzó a leer las respuestas del formulario sin hacer gesto alguno. Pero cuando llegó a la parte final, sonrió, lanzó el papel sobre el escritorio y se echó para atrás en su silla.

–Así que busca un hombre de alrededor de treinta años, de aproximadamente un metro setenta de altura, complexión delgada, tez clara y cabello negro lacio.

–Pues, sí. Así lo busco –contestó ella con la mirada gacha.

–Por lo menos usted sabe claramente lo que quiere. Porque sabrá que la mayoría de las personas no saben ni lo que buscan.

– ¿Y eso es bueno?

– ¡Claro que es bueno que usted sí sepa! ¡Buenísimo, diría yo! –Dijo el doctor mientras se balanceaba en su silla.

– ¡Qué bien!

–Hoy es su día de suerte. Acabamos de recibir a alguien que cumple al cien por ciento con el perfil que usted busca. Podría decirse que ni mandado a hacer.

– ¿En serio, doctor? –Preguntó con esperanza.

–Por supuesto. Permítame ir por el expediente, verá que le va a encantar este hombre –dijo y salió del consultorio.

Ella levantó la vista al techo y luego cerró los ojos. “Gracias, Dios mío”. Dijo y empezó a orar entre dientes. Un instante después entró el doctor Guzmán, se sentó en su silla y le entregó el expediente. Ella lo abrió y enseguida comenzó a sonreír. El doctor se balanceaba alegremente en su silla y la miraba fijamente.

– ¿Qué le parece? –Preguntó él.

– ¡Es perfecto, lo quiero! –Dijo casi gritando de la emoción.

– ¡Claro que sí! Está totalmente disponible para usted.

Guzmán se levantó de su silla, la tomó del brazo y la llevó hasta la puerta.

–Por favor pase a la recepción. Sólo falta hacer unos sencillos trámites y el cuerpo será completamente suyo.

–Muchas gracias, doctor. No sabe lo que esto significa para toda mi familia. Desde que desaparecieron a mi hermano, mi madre no encuentra consuelo. Por lo menos ahora tendremos un cuerpo para darle cristiana sepultura. Alguien a quien llevarle flores al panteón. Alguien para mantener vivo el recuerdo.

–No hay nada qué agradecer. Lo ideal sería poder entregarle el verdadero cuerpo de su hermano. Pero, peor es nada.

Javier Reyes Peña